jueves, marzo 30, 2006

primavera


escribo para no perderme,
para seguir mirando y ver
con los ojos abiertos,
para no lanzarme sin remedio
a la luz y al olor de las calles
de esta ciudad que estalla y se proclama
como si existiera sola,
como si la primavera fuera siempre,
como si , también para siempre,
los ocasos la tiñeran de rosa
y la luz la inundara
y la flor de azahar lloviera de su cielo.

Imagen : Retrato de Apollinaire . De Chirico

miércoles, marzo 29, 2006

claroscuro


vuelvo a intentarlo,
como quien busca la combinación exacta
que hace saltar la cerradura,
palabra por palabra,
hasta dar con alguna
que llame su atención por un momento
y atraiga la mirada
o ilumine los labios.

Imagen : Habitación en Nueva York . 1932. E Hopper

p.d

Probablemente no es así en la escena del cuadro y él no haya pronunciado una sola palabra mientras lee absorto el diario.

P
robablemente ella sabe que no le hablará y mira igualmente absorta las teclas blancas y negras del piano .

P
robablemente la tarde está cayendo detras de la ventana y los dos saben que están solos.

lunes, marzo 27, 2006

cambio de hora

cambiaron la hora
y se agrandó la brecha del tiempo .

Lo hicieron otra vez y , de nuevo, me pilló sin reloj ( nunca llevo reloj así que eso no es raro) .
Hoy conduje sonámbulo hasta el trabajo. Bebí varias tazas de café sin resultado alguno y cuando desperté ya estaba en casa . No recuerdo nada de lo que hice en todo el día y espero que ese otro sonámbulo al que enderecé la nariz o casé en quintas nupcias o vendí un rascacielos, no me recuerde a mí o , al menos , no sea rencoroso .

p.d

me consuelo pensando que, en Septiembre ,todo volverá a ser normal.

domingo, marzo 26, 2006

el sombrero de lila

a (de) Lila Magritte

no piensa la cabeza
piensa el sombrero .

Hoy es un domingo azul de primavera.
Como has dicho , Lila , hay un viento primero
que atraviesa el corazón común de los poetas
y un sombrero negro de fieltro
que recorre el mundo
y se posa de cabeza en cabeza.

Imagen : mujer con sombrero. Pablo Picaso

jueves, marzo 23, 2006

puente de Brooklyn


Sombra entre las sombras,
aún no amaneció en Manhatan.

Sobre el puente de Brooklyn
hay otro río sin fin,
la larga hilera de oficinistas y hombres de negocio
con sus trajes oscuros y deportivas blancas.

Con precisión de autómatas
toman los edificios
y ,en veinte minutos más,
pondrán en marcha el mundo.

Tu estás allí
decidido ,caminas entre ellos ,
con la misma expresión y el mismo traje .

Por un brillo furtivo en la mirada
y una sonrisa casi imperceptible ,
sabré que eres tú , podré reconocerte.

miércoles, marzo 22, 2006

los mensajes



No nos queda sino repetirnos,
por si hubiera respuesta.

Una y otra vez,
arrojamos las botellas al mar
con el mismo mensaje repetido.

p.d.

Cuando era un niño mi padre me llevaba a un lugar en el puerto de Huelva desde donde, quinientos años atrás , partieron las naves hacia América .Me gustaba lanzar desde allí mensajes en botellas de cristal convencido de que harían el mismo recorrido. Nunca obtuve respuesta . Ahora ,muchos años después, y gracias a todo este milagro ,puedo lanzar y recibir mensajes sin papeles ni botes de cristal.

sé que estás ahí


He buscado el mensaje en el mar,
la botella en la orilla .


Sé que estás ahí,
detrás de la luz roja del auto que se aleja,
de la ventana encendida en la última planta ,
de la canción que ahora suena en la radio,
de la risa cercana y contagiosa,
de los versos que escribo y no te nombran.


Imagen : Teresa Moore

domingo, marzo 19, 2006

hubo un jardín


repetiré los versos
hasta verte dormida


Hubo un jardín
y un estanque con peces de color
y una flor azul en la esquina del patio
y una palmera que se perdió en lo alto.

Hubo un jardín
y un naranjo que estará ya florecido
y una voz de mujer que me llama
y un niño que no escucha
y piensa ensimismado una paloma en vuelo .

Hubo un jardín
y un tiempo largo que no vuelve.

sábado, marzo 18, 2006

Borges


para b que hoy leyó a Borges y le creyó infeliz



El general Quiroga va en coche al muere . J.L. Borges


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jueves, marzo 16, 2006

la ida


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para V que me enseñó el camino de los blogs y que hoy dejó el suyo sin palabras


Si te vas
si no dices adiós
y dejas a tu espalda la letra detenida,
quedan esas palabras hermosísimas
que también eres tú
o, mejor dicho , fuiste tú en ese tiempo.

He vuelto muchas veces
y he buscado algún rastro,
un acento , una coma,
de tu vuelta .

No hay nada .

He releido decenas de veces
tus últimas palabras
por ver si "rojo" o "corazón" o "espada"
indican un destino o una razón siquiera .

No hay nada .

Sólo un último poema inmóvil.
Sólo un largo silencio sin respuesta .

migraciones (1)


Son.
están aquí.
atravesaron el mar ,
el desierto,
la tierra calcinada.

No olvidarán la sed
ni el horror ensangrentado de la guerra.

Han soñado
el lugar de abundancia
que les contaron
o que ellos mismo han visto
a través del satélite.

Han dejado la mujer y los niños
y la madre,
en un sucio arrabal de Dakar

No es posible pararlos
no hay fuerza ni alambradas,
no hay leyes ni radares .

Les empuja la vida
que insiste en cada paso.

martes, marzo 14, 2006

personajes literarios


El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de nuestra aldea de Azinhaga, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a la cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: "¿Y después?" Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. "Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día. Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas". Y terminaba: "Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de África, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?"

De cómo los personajes se
convirtieron en maestros y el autor en su aprendiz
[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1998 ]

José Saramago

domingo, marzo 12, 2006

sueño

Soñó un cielo nocturno de verano ,
soñó las manos de su madre repasándole el pelo,
soñó las estrellas sin nombre y la luna pálida de agosto,
soñó sus rodillas desnudas y arañadas
en un sueño interminable sin relojes ni esperas.

p.d

¿soñó o recordó?

jueves, marzo 09, 2006

el poema encontrado



para b de quien tomé prestada esta imagen que me recordó e hizo buscar el poema.


Sobre una muchacha ahogada



Sin hundirse , la ahogada descendía
por los arroyos y los grandes ríos,
y el cielo de ópalo resplandecía
como si acariciara su cadáver.

Las algas se enredaban en el cuerpo
y aumentaba su peso lentamente.
Le rozaban las piernas fríos peces.
Todo frenaba su último viaje.

El cielo, anocheciendo, era de humo,
y a la noche hubo estrellas vacilantes .
Pero el alba fué clara para que aún
tuviera la muchacha un nuevo día.

Al pudrirse en el agua el cuerpo pálido,
la fue olvidando Dios : primero el rostro,
luego las manos y , por fin, el pelo.
Ya no era sino un nuevo cadáver de los ríos.

Bertolt Brecht

p.d

me atrajo la idea de que morimos poco a poco,
a medida que Dios nos va olvidando.

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Oración

para que no me olvides escribo este poema ,
para que no me sepultes debajo de una losa
y quede para siempre el peso de tu olvido
sobre mi cuerpo solo.

miércoles, marzo 08, 2006

el diario de hoy

es como si alguien decidiera
sobre qué toca hablar
y sobre qué guardar silencio .


Abro el periódico y enseguida me canso,
me canso y me entristezco .
Se escribieron artículos , editoriales , entrevistas , sucesos.
Todo lo que quisieron contarnos
con su larga sucesión de cifras estadísticas
y de horrores concretos .
Hoy ha tocado hablar de mujeres y hombres ,
de victimas y de verdugos,
con tanta profusión y tan repetidamente,
que , ser un hombre hoy,
significa estar bajo sospecha.

martes, marzo 07, 2006

aunque es de noche

La fuente que mana y corre. S Juan de la Cruz . Amancio Prada


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lunes, marzo 06, 2006

100

Regresé a tu casa junto al mar,
en un día gris de olas altas con espuma.
Al abrir la ventana que da al norte,
ví de nuevo la sierra y los picos helados.
Estaban todos los amigos menos uno.
Tú quedabas , más joven,
en una fotografía encima del piano,
pelo negro y bigote , sonriente y tranquilo,
como si el tiempo y la muerte no te hubieran pasado.

viernes, marzo 03, 2006

preguntas

me preguntas : ¿quién eres?
yo te digo :
el que deja volar los versos en el aire ,
el que sigue tu rastro como un hilo
en medio de la muchedumbre y de la noche ,
el que se oculta detrás de las palabras nunca dichas ,
el que no te pregunta ni contesta .