
Hacia el final de su vida el hombre recuerda con total claridad aquellos días en los que él tendría once o doce años. Recuerdos de la ciudad sitiada durante tantos meses. Recuerda la carestía y el hambre y los juegos de pelota entre la chatarra y las balas perdidas . Recuerda el paso de los milicianos que se marchan al frente y las bombas que atronan y los tanques que se mueven a lo lejos y pueden verse desde la azotea de la casa . Recuerda las sacas y la bayoneta clavada en su puerta y la madre enfrentándose a aquellos desalmados . Recuerda el barrio señorial , en el centro , declarado zona abierta y segura, a salvo de los bombardeos enemigos. Más sobre todas las cosas, recuerda la iglesia que había enfrente de su casa y que en aquellos años fue convertida en checa . Como si sucediera ahora , se ve a sí mismo escondido , asomado al balcón con la luz apagada cuando el amanecer lo despertaba con los gritos aterradores de aquellos desgraciados que se resistian a subir al camión que los llevaría a una muerte cierta. Recuerda la mirada insolente de aquellos matones sentados a la puerta , incluso el mismo día en el que entraron en la ciudad las tropas vencedoras .